martes, 20 de agosto de 2013

Entrevista a Helí Morales, psicoanalista lacaniano.


Entrevista realizada por
Karina Esparza Pavliuchenko



Conocí a Helí Morales en su seminario Fantasía-Fantasma/Síntoma-Sinthome y quedé completamente fascinada por la energía y pasión con las que clase con clase trasmitía el conocimiento acerca del psicoanálisis, logrando captar el interés, despertar la curiosidad y (¿por qué no?) apasionar por el saber a todo asistente del seminario. 

Helí Morales, psicoanalista y miembro fundador de la Red Analítica Lacaniana, aceptó con toda la amabilidad característica de su persona a compartir su experiencia en el campo psicoanalítico por medio de esta entrevista. 



K: Muchas gracias por aceptar esta entrevista, Helí, es un honor. Para empezar quisiera preguntarte ¿de que manera llega el psicoanálisis a tu vida?

HM: Llega en dos tiempos: cuando yo era niño, encontré en la biblioteca de mi padre (cabe aclarar que mi padre es marino, así que no tiene nada que ver con los libros) un libro que hablaba de Freud. Yo tenia nueve años, para mí no significaba nada, a los nueve años ni lees; curiosamente me puse a leer y algo de lo que ahí leí me impresionó mucho, tan es así, que fui a la Librería de Cristal a comprar algo del señor Freud; me vendieron dos tomos que se llaman “Freud obras escogidas”, no sabes la emoción que yo tenía a los nueve años de tener esos libros. En esos tomos había un escrito de nombre: “Psicopatología de la vida cotidiana” y quedé fascinado, más el segundo texto de Freud me decepcionó muchísimo,  era “El tabú de la virginidad”, evidentemente un niño ve esas cosas. Me acuerdo de una gran emoción de tener esos libros, pero ahí quedó, después, a los diecisiete años,  me voy a vivir a Inglaterra, estrictamente a Cambridge y conozco amigos importantes para mí que tenían que ver con movimientos radicales de izquierda, es decir exiliados, mucho mayores que yo. Me fui a Cambridge a estudiar un año a la universidad, porque exenté todas las materias, acabé antes de tiempo, pero yo ya había hecho el examen para estudiar economía…en el ITAM!!!

Me voy a Europa en 1978 y allí se me abre el panorama y un día vuelvo a encontrar un libro de Freud en la biblioteca de la novia de mi amigo que era gente radical de izquierda y, además, psicóloga; él era economista. Lo vuelvo a leer y me doy cuenta, que yo no quiero ser otra cosa que psicoanalista; no quería ser ni psicólogo, ni filosofo, ni psiquiatra, ni médico, yo quería ser psicoanalista, entonces, regreso a México y busco dónde estudiar en las universidades para ser psicoanalista (obvio sabemos hoy que eso no existe). Fundamentalmente me dijeron que había que estudiar psicología y estudié psicología para poder ser psicoanalista. Desde el primer día de la universidad empecé a leer a Freud, entonces, no te sé decir qué es, pero no es fácil soñar con ser psicoanalista. Sí dudé. A la mitad de la carrera, me hice bolas y me pregunté muchas cosas. A los veinte años uno sí duda si quiere ser psicoanalista, entonces, buscando mi camino me fui a navegar, me metí de marino. Como mi padre era marino, viajé por Sud América. Sin embargo, me llevé “Estudios sobre la histeria” de Freud, texto que estaba en ese libro comprado desde los nueve años.

El programa de la Universidad Autónoma Metropolitana de Xochimilco, era, en esa lejana época, Freudo-Marxista, así desde que yo entré comencé a leer a Freud y a Marx y a los diecinueve años, al año de empezado los estudios universitarios,  decidí que me iba a ir a Paris en cuanto acabara la Universidad. Acabé la universidad pero no me fui a Paris inmediatamente, comencé una maestría en psicoanálisis en el CIEP. En donde se estaba haciendo la maestría, al año de iniciada abren una convocatoria para ser aprendiz de psicoanalista en una fundación para pacientes de bajos recursos (FMP) y para mi allí es donde empieza mi formación.

Empiezo a trabajar con pacientes, tenia supervisión y  presentación de casos clínicos. Estaba increíble. Yo tenia veintitrés años. Después acabo la maestría teniendo pacientes y sí decido irme a Paris. Viajo a París en 1984 y me voy a hacer otra maestría a trabajar fundamentalmente en el campo de la psicosis. Mi sueño era también hacer mi doctorado. Desde la universidad lo que más me llamaba la atención era la relación entre el psicoanálisis y la política, pero aparte de eso, la dimensión clínica con la psicosis. Entonces, desde la mitad de la universidad yo me vinculo con movimientos políticos de anti psiquiatría y allí conozco a Lacan, es decir, conozco la teoría Lacaniana. Lacan seguía vivo en ese entonces. Viene un discípulo de Lacan a México que estaba vinculado a una red anti psiquiátrica que es Félix Guattari. Es por esta razón que yo decido que quiero estudiar con Lacan y que quiero estudiar con Foucault y que quiero estudiar con ellos, así fue la entrada. Terminé mi doctorado años después en la Escuela de Altos Estudios de París. Lacan y Foucault ya habían muerto.

K: Con eso me estás dando pie para hacerte la siguiente pregunta. Mencionas mucho a Freud, pero después descubres a Lacan. ¿Qué es lo que hace que te inclines a él?

HM: Es muy interesante, te voy a decir por qué. Yo entro a la universidad en 1978. En 1980 (Lacan estando vivo) leo un texto de Félix Guattari que se llama “El anti Edipo”. Yo estaba vinculado al movimiento trotskista internacional y Guattari también pertenecía al movimiento. Era un discípulo de Lacan y escribe ese libro, que para mí era maravilloso, y al único al que trataba con respeto era un tal  Lacan, a Freud lo trataban súper mal, a Melanie Klein no la bajan de tarada y a  Anna Freud no tenía ni estatuto, entonces, sin que en la universidad hubiera nadie que leyera a Lacan, yo conseguí los escritos a mis 20 años y me puse a leer a Lacan por Guattari; me encantó, aunque de ser sincero entendía poco como cualquiera. Cuando fui con mis maestros de la universidad a preguntarles de Lacan no supieron resolver mis dudas, porque ellos eran kleinianos fundamentalmente, freudo-marxistas-kleinianos del Circulo Psicoanalítico.

Entonces, yo decidí que iba a estudiar a Lacan solo. En ese momento, 1980-1981 se publica el primer seminario de Lacan en castellano que es “Los escritos técnicos de Freud”. Lo leí en diez días como loco, me parecía maravilloso. El problema era que en la universidad no había a quién le interesara Lacan. Eso del estadio del espejo en Lacan, me pareció, después de Freud, algo extraordinario. Para mi tesis de la licenciatura quise plantear que había un segundo estadio de espejo en la adolescencia. Para eso trabajé a Lacan, a Sartre y a Freud. Cuando lo llevo a los sinodales me dicen que no, porque no había nadie que me asesorara sobre Lacan. Igual la hice y así me fue (ríe). Es decir, yo conocí a Lacan solo, como conocí a Freud en la biblioteca de mi padre. Conocí a Lacan por el libro de Félix Guattari (miembro de la escuela freudiana) y allí empiezo a leer, muy joven,  los escritos de Lacan.

Hubo un congreso en Querétaro de psicología en 1981 y allí estuvo Néstor Braunstein que acababa de sacar un libro que se llamaba “Hacia Lacan” que me gustó. Entonces, yo lo fui a ver a él y a Frida Saal que habían escrito un libro de Lacan y ahí decían que había una maestría. Entones, yo terminé el viernes la licenciatura y el lunes me inscribí a la maestría sobre Lacan. Yo era el más feliz, porque era la primera generación de la primera institución sobre el psicoanálisis que tenia que ver con Lacan. Ahí es donde después salió la convocatoria en la  fundación mexicana de psicoanálisis para trabajar con pacientes de bajo recursos. Como mucho en la vida, fue un azar. Fue un azar encontrar a Freud, a Lacan no tanto porque yo ya había decidido ser psicoanalista, estaba en la universidad. A los veinte años pensaba mucho más en la revolución que en el diván. Lo conocí al azar y después a la letra. Yo me he formado a la letra, ya después busqué a maestros que me ensañaran. Pero primero encontré los textos, a diferencia de mucha gente que primero está el maestro y luego está el texto.

K: Por esa iniciativa que te ha guiado a lo largo de tus años de estudio, ¿te consideras una persona autodidacta?

HM: Si bien creo que encontré solo a Freud y a Lacan, yo sí me reconozco en una genealogía de gente que después me enseñó lo que tenía que ver con Freud y Lacan. A lo mejor uno podría hacerse el mito del self made man (“yo me hice solo”), pero no es cierto ni lo reivindicaría. Después de todo, soy un hombre de academia. Es decir, termino la universidad un viernes, el lunes me inscribo en la maestría. Termino la primera maestría y ya estoy haciendo aplicación para la segunda maestría en Paris. Acabo la maestría en Paris a los 25 años, porque decido hacerla en menos tiempo del que quieren, y me meto al doctorado inmediatamente. Es decir, siempre he transitado por esas vías, yo sí creo que mi formación ha tenido que ver con transferencias, una transferencia al texto: a Freud, a Lacan, a Frida Saal, que fue mi primer analista, a la gente que formaba parte de la maestría.

En ese tiempo viene Erick Laurent que había sido analizante de Lacan, yo decido que me quiero analizar con alguien que se hubiese analizado con Lacan, porque me importaba mucho ese nivel de trasmisión. Entonces, me voy a Paris a hacer el doctorado, a leer a Lacan en francés, a analizarme con alguien que se había analizado con Lacan, como era el caso de Erick Laurent, a estudiar y a trabajar con psicóticos con Félix Guattari, que era discípulo de Lacan, es decir, a lo mejor sí mi impulso hacia el psicoanálisis nació solo, pero yo sí me reconozco en una genealogía. Reconozco que tuve maestros, tuve análisis y para mí eso me ubica en un lugar dentro de la historia del psicoanálisis.

K: ¿Qué es lo que encontraste en Lacan que hiciera que ya “no lo soltaras”?

HM: Primero Lacan era psicoanalista, era muy importante. Cuando leo a Lacan, es el primer autor que me hace darme cuenta que allí había algo radicalmente nuevo sin negar a Freud. Lacan tiene algo genial; tiene algo de creador, de inventor, tiene una inteligencia que se junta con el artista. Esa relación artista-psicoanalista-pensador me gustaba mucho. En Freud me gustaba el pensador científico, él es un científico. Lacan no, él es un artista, un creador. De Lacan primero leí “El estadio del espejo” y  después “Función y campo de la palabra y lenguaje” y me parecía estar leyendo a alguien como una estrella en medio de la noche y nunca más lo solté.

En París leí todos los seminarios de Lacan, leía uno por mes, los 24 seminarios, cuando ni siquiera estaban establecidos. En frente de la Escuela Freudiana de Paris había una fotocopiadora, entonces, quien tomaba la estilográfica de Lacan llevaba allí a fotocopiar los seminarios. El dueño de la fotocopiadora se avivó y sacó una copia de cada seminario; no era un libro, era la fotocopia y yo leía un seminario al mes, mientras más lo leía más me emocionaba. Tiene que ver con la transferencia: encontré un artista, un pensador, un clínico, a demás muy difícil. Eso me gustaba, que fuera difícil me gustaba.

K: Con toda esa dificultad, ¿cómo encontraste el camino hacia la comprensión de los textos de Lacan?

HM: No lo sé, lo difícil no me asustó, me hacía leerlo con más ganas. En el fondo es un mito que es difícil de leer a Lacan, lo que pasa es que uno es ignorante, esta es la diferencia. De lo que yo me di cuenta, es que para leer a Lacan no se puede leerlo solo. Es decir, tienes que tener tu texto de Lacan, tu texto de Freud, un diccionario en ingles, uno en latín, uno en alemán, libros de lingüística, libros de filosofía, porque lo que hace Lacan es que te lanza, te abre. De repente en Lacan hay una palabra en latín, entonces hay que ir al diccionario en latín. Siempre es bueno tener un teléfono junto para hablarle a alguien y decirle “Carajo, pinche Lacan, no entiendo nada” (ríe), entonces no hay que estar solo. Pero Lacan es un remolino, tiene una fuerza centrifuga que te lanza a estudiar otras cosas. Para leer a Lacan hay que estudiar filosofía, lingüística, antropología, hay que saber buscar en alemán (si es que uno no habla de alemán), evidentemente  en francés, en latín y a Freud. Hay que leer a Freud, a Hegel, a Wittgenstein, a Russel, Levi-Strauss, Heidegger. Eso implica que la formación de un psicoanalista o es apasionada por el saber o no es.

Los psicoanalistas son, tal vez, los últimos animales de la ilustración, porque te tiene que gustar el saber, te tiene que apasionar el saber. Porque si te da flojera, no vas a ser psicoanalista, no lacaniano por lo menos. Lo que Lacan exige es la pasión por el saber y si a uno le gusta saber, con Lacan tiene una plataforma maravillosa, porque te exige, te exige mucho. ¿Pero de qué otra modo podría ser uno psicoanalista?

Si yo tengo un paciente que tiene un doctorado en matemáticas y me habla de Wittgenstein y yo en la vida he sabido quién es ese hombre, ¿cómo lo voy a escuchar? O alguien que es literato, o alguien de la calle que te habla del sudor y del olor feo, también de eso hay que saber. Todo el aparato conceptual que te da Lacan te permite escuchar desde otro lugar. Por eso es tan difícil ser psicoanalista en el sentido radical de la palabra. Estar a la altura del sujeto del inconsciente, de un sujeto que sufre, que está roto, que busca signos para poder vivir, ante eso mi ética debe ser la de alguien que apuesta por saber mucho y por escuchar mucho del ser, del no ser, de la vida, de la muerte, del cuerpo. Los psicoanalistas somos animales en extinción, somos de los últimos mohicanos de la ilustración.
¿Hoy en día qué hace la gente?  Se vuelve especialista en algo chiquitito y estudia todo lo que todavía es más chiquitito de esto. Entonces, eres especialista en el ojo izquierdo en el nervio de atrás. El problema de los especialistas es que nos han vuelto ignorantes de este saber. Y ¿por qué sabe uno? Porque el dolor de la gente que nos va a ver es muy exigente. Para poder intervenir allí (donde cada existencia es diferente a otra) hay que estudiar muchísimo, hay que pensar muchísimo y Lacan es eso. Lacan no es para flojos, si uno es flojo ni se mete a estudiar a Lacan, no se si a otros psicoanalistas. Esto también es una pasión por la dificultad.

K: ¿Cómo se forma un psicoanalista?

HM: La formación del analista implica para mí al menos tres áreas: hay que estudiar mucho en alguna escuela, institución o grupo de estudio, haberse analizado (haber pasado por una experiencia propia del análisis) y tener una practica muy cuidadosa que incluye supervisión, ateneos, discusión de casos. Es decir, el psicoanalista se forma en esa trenza indisoluble, en ese nudo borromeo que por un lado es el saber de la letra, que es un lazo con los otros, con el mundo, con la universidad, con la escuela o las instituciones psicoanalíticas. Por otro lado, tiene que ver con el análisis personal, es decir preguntarse por la locura, por el goce, por la sexualidad y poder saber que hay algo de eso que uno está tramitando y después tiene que ver con la práctica, es decir, un cineasta que no hace películas no es cineasta. El problema con el psicoanalista es que no se puede empezar a trabajar clínicamente sin que por un lado tenga ya un análisis personal, y sin que uno supervise lo que implica esa practica. El psicoanalista no es un profesor, no es un sabio, se parecería más a un hechicero, en donde tiene que saber hacer, no tiene que saber acumular información. Tiene que saber que todo eso que estudie en el momento que está ante alguien tiene que ser puesto en tensión porque yo no sé quien es el otro. ¡Que paradoja! Tengo que saber mucho para reconocer que no sé quien es el otro. Porque cada historia es diferente, tiene enigma. Tengo que tener herramientas para recibir ese enigma sin apurarle un saber que lo suture. Me refiero a que hay otras prácticas que escuchan a alguien y lo piensan en relación al DSM-IV o al DSM-V, desde allí se plantea que ya se sabe como es el otro: “soy un especialista y a partir de eso hago un diagnostico y un tratamiento”. El psicoanalista, al reconocer que cada historia es singular, tiene que poner en acto una docta ignorancia para poder intervenir. El analista interviene con su ser, con su cuerpo, con su no-ser, es decir, es una praxis que es de la palabra con consecuencias. El psicoanalisis es un saber con consecuencias, donde está incluido el cuerpo del analista: uno escucha, uno está allí, si no, no hay tal.

K: Con esos tres pilares de preparación en ¿qué momento podría considerarse que uno está listo para llamarse psicoanalista?

HM: Hay dos formas de formarse como analista: una que podríamos llamar  institucional, que está reglamentada y tiene que ver con la APM (Asociación Psicoanalítica Mexicana) y la IPA (International Psychoanalytic Association). Ahí lo que se plantea es que se tiene que hacer un programa de estudios, se tiene que analizar al menos cinco años (ellos le dicen a uno con quien por medio de una lista), se tiene que supervisar por un cierto tiempo establecido (ellos dicen con quién). Una vez que se cumplen todos los requisitos institucionales, la asociación le nombra a uno psicoanalista.

La otra vía para mí es la formación por transferencia, es decir, uno tiene que estudiar mucho,  analizarse con todo lo que implican las consecuencias; empezar a tener practica clínica con supervisión, con ateneo y con discusión de casos clínicos. Pero como no hay una institución que diga cuántos años de análisis, cuántos años de estudio, cuántos de supervisión, lo que sostiene eso es la ética. La ética que se trabaja en el análisis. ¿Cuándo uno se da cuenta que es analista? Cuando uno ya no puede hacer otra cosa. Es decir, uno es muchos años aprendiz de psicoanalista. Hasta que un día, por la ética de que uno ha logrado y que ha sostenido todo el proceso,  puede nombrarse o es nombrado desde afuera como psicoanalista.

La primera es más segura, pero no te asegura nada. La otra es mas insegura, pero si no tienes una ética, nunca serás psicoanalista. Es decir, si alguien estudió una maestría y un doctorado y tiene pacientes, pero no se ha analizado, jamás será un psicoanalista. Alguien se analizó 20 años, pero nunca ha abierto un libro de Freud o Lacan, no será analista. Esta es la dificultad. Entonces, lo que yo creo es que uno tiene que elegir o la vía institucional o la vía de la transferencia. En la segunda eliges dónde estudiar, con quién estudiar, con quién supervisar y con quien analizarte. Hay instituciones psicoanalíticas que no es la APM: están las asociaciones y escuelas fromianas, kleinianas, freudo-marxistas y las lacanianas: Y después, si uno lo desea, ya se incluye en una escuela psicoanalítica. Es decir, no es como otras formaciones. Porque el psicoanálisis es una  profesión liberal. La formación institucional corre el riesgo de medicalizar al psicoanálisis; habrá quien elija esa forma, yo no me formé así.

Yo me formé por la vía de la transferencia, universitariamente yo tengo puro “10” en la universidad; mi promedio es de “10” cerrado. Te dan una medalla al final.  Todas mis tesis han sido con mención honorifica, de hecho en la tesis de doctorado saqué mejor calificación que Lacan, porque él sacó “honorable” y yo saqué “muy honorable”. Además, yo me he analizado más de  18 años entre todos mis análisis. A veces extraño el diván, poder acostarte y decirle a alguien “help me”. Ahora estoy en otro lugar, yo formo analistas, estoy en un lugar de transmisión, pero porque me la jugué.

K: ¿Regresarías al diván?

HM: Yo hice un fin de análisis, me sentía muy orgulloso, muy lacaniano y después la vida me exigió volver al análisis, lo hice y me sentí muy contento, a pesar de que según yo ya había hecho un fin de análisis. En eso Freud tal vez tiene razón en “Análisis terminable o interminable”. Si yo como hombre, como ser humano, como psicoanalista me diese cuenta que hay cosas que no puedo vivir con la alegría que me da mi pasión yo claro que, a pesar de haber terminado un análisis, claro que volvería al análisis. Es un espacio maravilloso, pocas experiencias en la vida son tan intensas: el odio, el amor, la sexualidad y el análisis.

K: ¿De que forma el ser analista influye en tu vida cotidiana?

HM: Freud escribió un texto de la “Psicopatología de la vida cotidiana” en donde le da ciudadanía a cosas de la vida que a la gente no le parecen importantes: soñar, equivocarse, hacer lapsus, tener síntomas, que te duela la existencia, el amor, el trabajo. Si de algo trata el psicoanálisis es de la vida cotidiana. Yo no vivo todo el tiempo como psicoanalista, pero la arquitectura de mi vida tiene que ver con el psicoanálisis, es decir, desconfió de los que dicen que saben todo, me río de los que creen que tienen el poder, me angustio cuando encuentro a alguien que me muestra todo lo que me falta. Uno está advertido de muchas cosas. Ahora cuando uno es sujeto, el psicoanálisis está adentro.

Si voy a una fiesta no tengo cara de palo psicoanalítico; pero si vas a una fiesta y hay una analizante ¡Oops! Pero bueno, depende de cada analizante: hay analizantes a los que ver a su analista es muy complicado y hay a los que no. En mi asociación nos reunimos a congresos y discutimos y peleamos y hay algunos que son analizantes. A mí me tocó estar en instituciones donde estaba mi analista. En general, lo que hace uno, como todos, es juntarte con los de tu tribu. Entonces, los psicoanalistas intentan no coincidir con los analizantes, pero bueno, siempre nos encontramos en la cineteca o en algunos conciertos. Pero no me preocupa demasiado, yo afuera soy un sujeto, ya en análisis, el analizante dirá lo que sucedió con eso. Pero mi vida para mi es impensable sin el psicoanálisis. ¿Pero cual vida no? El psicoanálisis no es un trabajo, no es un estilo de vida, es una vida de estilo y lo que yo me planteo es la dimensión del estilo y eso a mi me lo enseñó el psicoanálisis.

K: Helí, mencionas tu institución, ¿podrías platicar un poco de eso?

HM: Hace algunos años con unos amigos y amigas formamos un movimiento psicoanalítico que se llama la Red Analítica Lacaniana (REAL) e intentamos que fuera una alternativa a las instituciones clásicas del psicoanálisis. Las instituciones del psicoanálisis lamentablemente están hechas como la iglesia, como el estado: hay un presidente, un tesorero, un vocal y cada cierto tiempo cambian, se rotan los papeles y los lugares. Nosotros tratamos de hacer un movimiento alternativo (por eso se llama “red” y no “escuela” o “sociedad”) donde no hubiera ni jefe, ni coordinador, ni maestro, sino que trabajáramos a partir de colectivos. Se trata de trabajar al menos tres, dos más uno, en colectivos que se reúnen bajo cualquier circunstancia para trabajar los textos o las ideas de Lacan, de Freud o de ellos. Nuestra instancia fundamental es la comisión de enlace, donde cada colectivo tiene un(a) comisionado(a) que asiste a esa comisión a construir nuestro movimiento. La apuesta es diseñar, implementar y accionar una transferencia al psicoanálisis, a los textos de Freud y a la enseñanza de Lacan. La propuesta es producir, escribir, estudiar; vivir y transmitir el psicoanálisis.

Somos una asociación que tiene dos revistas, una editorial, que ha hecho once congresos, cuatro jornadas internacionales, además, formamos partes de un movimiento internacional que se llama Convergencia, movimiento lacaniano para el psicoanálisis freudiano en donde hay colegas de países como Argentina, Uruguay, Brasil, Estados Unidos, Francia, Italia, España, Francia, Bélgica, China y México. Teníamos hasta hace poco una maestría en psicoanálisis y cultura en convenio con  una universidad a partir del Colegio de Altos estudios de REAL. Realizamos seminarios, encuentros, ateneos, cursos y, de ves en cuando, hasta nos divertimos.

K: ¿Cómo podrías evaluar la situación del psicoanálisis en México?

HM: En México el psicoanálisis entra por la vía de la psiquiatría, porque los primeros que se interesan por leer a Freud son los psiquiatras y después los artistas. Mas tarde, ya de manera más organizada, comienza la formación de las asociaciones de psicoanálisis, principalmente, aquellas ligadas a la IPA y sus disidencias. Tiempo más adelante, se constituyen las primeras escuelas y asociaciones de psicoanalistas lacanianos. Hoy en día, el psicoanálisis en México tiene diversas posiciones y esto ha hecho una diversidad, pero yo creo que el psicoanálisis está en crisis. No le ha sido fácil establecer en México un lugar dentro del campo clínico ni cultural. También, le ha costado mucho tener una posición dentro de la universidad. Hay que aceptar, que cada vez hay menos psicoanalistas enseñando y transmitiendo en las universidades. También en el campo de la cultura ha costado trabajo hacerse un lugar. Sin embargo, no dejamos de insistir.


Por otro lado, no importa la escuela la que se pertenezca, hay psicoanalistas muy valiosos en México, gente muy estudiosa que tiene muchísimo que aportar. Pero en relación a otras prácticas, yo siento que el psicoanálisis está en un momento crítico. Los tiempos que estamos viviendo no son fáciles. A la gente lo que le importa es arreglar su vida lo más rápido posible. La gran propuesta clínica en esta modernidad es la medicalización. ¿Usted tiene un problema? Tómese esta pastillita. ¿Usted tiene un problema? Vaya a una terapia fast track, porque el mundo de hoy exige que todo tiene que ser rápido y desechable. El psicoanálisis no, por ello es bastante atípico, te dice que la existencia implica un trabajo, una elaboración; una escritura. No es un producto fácil de consumo. De hecho, no atañe al consumo sino a la elaboración de los dolores de la existencia. Y eso, nunca es rentable. Por otro lado, es un saber que es respetado en distintos espacios y cuya práctica tiene mucho que aportar a la cultura, la clínica y la vida misma. El psicoanálisis hace síntoma en nuestros tiempos: a la sociedad no le gustan ni el psicoanálisis ni los psicoanalistas porque hablan de la muerte, de la sexualidad, de lo que no se debe hablar, de lo que en el fondo no está padre de hablar: del padre, de todo eso. Hay colegas que tienen esperanzas en que nuestra práctica ocupe un lugar diferente, yo no tanto. Yo creo que el psicoanalista tiene algo de outsider, algo difícil de tramitar para la sociedad. De algún modo, el psicoanálisis es un malestar en la cultura. Es un discurso que dice lo que se prefiere no oír. Es una clínica que apuesta por el sujeto y sus laberintos aunque, recorrerlos, implique tocar las dimensiones trágicas y maravillosas de la existencia.

K: Desde tu punto de vista, ¿qué es lo que se debería de hacer para “salvar” el psicoanálisis?

HM: No se si se trate de salvarlo como de hacer que siga con vida. Y para ello, lo primero es que no se convierta en religión. El psicoanálisis no sólo no es una religión sino que no puede serlo si quiere ser lo que es. Segundo que los psicoanalistas nos diéramos el espacio de hablar en la universidad, en los espacios de la cultura y el saber sin dejar nuestras asociaciones ni nuestra singularidad. Yo creo que a los psicoanalistas nos hace falta vincularnos más con el campo de la cultura y, la universidad, es un espacio importante. No creo que el psicoanálisis muera salvo si se vuelve religión, la religión es lo único que va a sobrevivir, porque le da sentido a la vida, porque te promete un mas allá de la muerte. Mientras que psicoanálisis te dice que lo difícil está aquí, después no sabemos.

Yo creo que hay gente joven que ha encontrado en el psicoanálisis algo muy fuerte, hay una clínica muy fuerte. Yo lo que puedo decir, es que la clínica psicoanalítica es una de la clínicas más poderosas que han existido en la historia del pensamiento humano. Y Lacan, fundamentalmente Lacan, abre un pensamiento clínico de grandes potencialidades humanas en ese sentido, no es del lado del humanismo, es del lado de la humanidad. Yo creo que el psicoanálisis es un saber importante de lo humano, como no ha habido en mucho tiempo. A lo mejor, sería importante  salir del ghetto psicoanalítico y abrirnos a otros espacios, pero tampoco sé si eso puede cambiar la situación.

Junio 2013

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada